Cuando las minas son perras
a) me caen de reputísima madre
b) las detesto todo mal
Si no son perras me aburren y no me interesan como amigas. Conclusión: conjugado esto con mi odio patológico hacia la humanidad, tengo pocas amigas. Eso sí: las que hay, son lo más de lo más y, por supuesto, bien perras (como una). Con respecto al resto: A las sin sal... si estoy de buenas les sonrío vacíamente o, sino, las ignoro con amable indiferencia. Ahora, a esas perras ajjjjjquerosas... les hago el mal. Y no, para eso no tengo ni moral ni alma ni culpa ni nada. Ojito.
jueves, 19 de agosto de 2010
Si
1
Si tuviera 12 años, escribiría en mi agenda tu nombre con letras bien gorditas y las pintaría con marcadores de colores.
2
Si tuviera 15 años, te pelearía todo el tiempo por todo y después sobreinterpretaría cada una de tus frases para concluir que vos también gustás de mi.
3
Si tuviera 20 años, te diría algo como dale, vámonos de viaje, man, ahora mismo y a cualquier lugar.
Si tuviera 12 años, escribiría en mi agenda tu nombre con letras bien gorditas y las pintaría con marcadores de colores.
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Si tuviera 15 años, te pelearía todo el tiempo por todo y después sobreinterpretaría cada una de tus frases para concluir que vos también gustás de mi.
3
Si tuviera 20 años, te diría algo como dale, vámonos de viaje, man, ahora mismo y a cualquier lugar.
viernes, 13 de agosto de 2010
Tito Driver

Un viaje en taxi, para bien o para mal, puede cambiarte el día. Todo depende de las opiniones políticas del chofer y de la historia personal que tenga para contar. Cuando de política se trata, mi día suele estar arruinado. Pero a veces las historias que escucho compensan la amargura de escuchar frases sobre la administración de la cosa pública que me ponen la piel de gallina. Esta semana me la pasé recordando a Adalberto, un taxista que mientras me llevaba a casa no se privó de contarme su particular manera de transitar por este mundo. A los 60 años, Tito (me pidió que lo llame por su apodo) se había mudado solo por primera vez desde que nació. Hasta hace meses vivía con su madre “que nunca dejó de esperarme con un plato diferente de comida cada noche y una camisa planchada”. No es que Tito no haya tenido novias, de hecho tuvo dos mujeres importantes. A la primera la dejó porque era “mirona” y a él le molestaba profundamente que su mujer posara la vista sobre otros caballeros “siendo que yo no le hacía faltar nada”. A la segunda la dejó porque “fumaba como una chimenea”, pero sobre todo porque durante una pelea le cerró con demasiada virulencia la puerta de una cupé chevy que él adoraba y parece que le tuvo que cambiar un vidrio. “Se metió —recordó Tito con un dolor que aún hoy no lo abandona— con lo que yo más quería en el mundo.” A partir de ese incidente no quiso saber más nada con las mujeres. Dice que ya las conoce y ha tenido suficiente. Que, después de todo, ellas se lo perdieron. Porque jura que en su época de sodero no sólo “tenía una facha impresionante”, sino que como trabajaba de sol a sol sus mujeres eran tratadas como reinas porque plata no le faltaba. Y que como su pasión es el trabajo (y también su terapia, ya que nunca necesitó analista porque todo lo conversa con sus pasajeros) no le hace falta para nada la compañía femenina. Dice Tito que ahora le encontró el gustito a vivir solo. Que sí extraña las camisas planchadas, pero que encontró un lavadero donde “una chinita que está enamorada de mí me hace precio por la ropa que plancha y siempre me agarra la mano. Quiere ponerse de novia, pero yo estoy bien así”, insiste. Lo que lo tiene a mal traer a Tito es la falta de comida casera. Aunque encontró un bolichito en el que dos veces por día le dan de comer bien y barato, dice que extraña las delicias caseras de su santa madre.Pero ni siquiera eso lo lleva a repensar su soltería: “para qué quiero una mujer si ahora ni siquiera saben cocinar”, dijo antes de cobrarme y desearme una buena vida.
martes, 3 de agosto de 2010
Polémica

Una reunión de amigos generó en mí una de esas preguntas filosóficas que difícilmente admitan una sola respuesta: ¿Por qué, en el transcurso de nuestras vidas, nos acordamos más de las experiencias dolorosas que de las buenas? El debate lo inició mi amiga Flor, quien confesó en plena cena que el fin de año siempre la deprime porque es un símbolo del paso del tiempo. Y el paso del tiempo, aclaró, incluye siempre para ella un recordatorio sobre todas las diferencias que tiene su vida actual con aquella vida que soñaba de adolescente. Pablo agregó entonces que el paso del tiempo nos melancoliza porque según pasan los años, las heridas se acumulan y nunca cierran del todo. Pero Daniela, por suerte, hizo una moción por el optimismo: aseguró que, si bien es cierto que a medida que envejecemos se acumulan las heridas y algunos sueños quedan en el camino, no es menos cierto que con el tiempo también se acumulan las cosas buenas y la experiencia.Yo estaba de acuerdo con todo lo que se estaba diciendo. La gran pregunta era entonces por qué, a la hora de los balances, las pérdidas de cualquier orden nos pesan más que las ganancias: lo malo, lo traumático, suele imponerse a pesar nuestro.Supongamos que tenemos treinta años de vida, que de esos treinta años pasamos diez de felicidad, diez de aburrimiento y diez de sufrimiento Lo más probable es que los diez años de sufrimiento sean dolorosos en el recuerdo, los diez de felicidad también –porque se rememoran con una cuota de nostalgia– y que los diez de aburrimiento sean para el olvido. Como verán, haciendo una cuenta sencilla podemos verificar que las emociones negativas tienen un peso específico mayor que las positivas, los caminos de la memoria son complejos y misteriosos.¿Cuál es la solución, entonces, para que el paso del tiempo no nos juegue en contra cada vez que lo registramos?Se me ocurre que vivir el presente con intensidad sea tal vez una buena primera medida. Y otro paliativo para la nostalgia podría ser tomar la vida con un poco más de humildad: la premisa de que uno se las sabe todas es falsa y arrogante, la sensación de que cada vez menos cosas pueden sorprendernos sólo limita nuestras posibilidades de disfrute.Nadie dice que sea fácil, pero recuperar la inocencia en la adultez es un ejercicio cotidiano que vale la pena. Ya lo dijo Picasso: “Me llevó cuatro años pintar como Rafael, pero toda una vida pintar como un niño”. Ni a Palos, dejemos de intentarlo.
Tipificaciones

Como tengo un sentido del humor algo cínico, un amigo que se ríe –con culpa– de mis chistes, después de largar la carcajada de ocasión, siempre comenta en el mismo tono: “vos sos una jodida”. La escena se repite desde hace años: él me acusa, yo callo y por ende otorgo; pero esta semana decidí ejercer mi derecho a defensa exponiéndole mi particular teoría sobre la condición humana, simpática aunque incomprobable científicamente.En mi humilde opinión, la humanidad puede dividirse en cuatro grupos: la gente buena y transparente, la gente mala y transparente en su maldad, la gente buena que se hace la mala para protegerse de la maldad generalizada y, por último, los falsos copados, el único grupo que me subleva realmente por motivos que voy a detallar continuación.Le dije a mi amigo que yo no soy ninguna jodida: en todo caso soy una falsa mala. Me hago la dura, la irónica, la indolente, porque considero que no se puede transitar sin riesgos por este mundo exhibiendo determinados grados de sensibilidad que pueden ser utilizados por nuestros ocasionales adversarios para perjudicarnos. El grupo humano al que pertenezco (yo no inventé nada, por cierto) va por la vida tratando de acercarse a la gente buena y alejándose de la mala. En ambos casos, lo que ayuda es que el otro sea genuino para poder tipificarlo correctamente.El problema de los falsos copados es que le hacen creer al mundo que son gente muy agradable; son sociables, políticamente correctos y están siempre dispuestos (de la boca para afuera) a dar una mano, pero basta rascar un poquito la fachada para descubrir que venderían a su madre si de pronto las madres cotizaran un millón de dólares en la bolsa. Y después de la venta, presentan la situación de modo tal que la gente termina diciendo “pobrecito, necesitaba la plata, no lo justifico, pero lo entiendo”.Mi amigo, el que me acusa de jodida y se ríe de mis chistes, coincidió con mi tipificación del mundo, pero después de escucharme atentamente quiso hacer una aclaración: “vos me parecés una copada, cuando te digo jodida es para chicanearte”, confesó. Una lástima: mi descargo entero tirado a la basura, toda mi teoría desplegada en base a un malentendido. En definitiva, una pérdida de tiempo y de energía, que decidí compensar poniendo por escrito mi marco referencial categórico sobre los cuatro tipos de seres humanos. Usted, ¿se siente incluido en alguno de los grupos?
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