
Una reunión de amigos generó en mí una de esas preguntas filosóficas que difícilmente admitan una sola respuesta: ¿Por qué, en el transcurso de nuestras vidas, nos acordamos más de las experiencias dolorosas que de las buenas? El debate lo inició mi amiga Flor, quien confesó en plena cena que el fin de año siempre la deprime porque es un símbolo del paso del tiempo. Y el paso del tiempo, aclaró, incluye siempre para ella un recordatorio sobre todas las diferencias que tiene su vida actual con aquella vida que soñaba de adolescente. Pablo agregó entonces que el paso del tiempo nos melancoliza porque según pasan los años, las heridas se acumulan y nunca cierran del todo. Pero Daniela, por suerte, hizo una moción por el optimismo: aseguró que, si bien es cierto que a medida que envejecemos se acumulan las heridas y algunos sueños quedan en el camino, no es menos cierto que con el tiempo también se acumulan las cosas buenas y la experiencia.Yo estaba de acuerdo con todo lo que se estaba diciendo. La gran pregunta era entonces por qué, a la hora de los balances, las pérdidas de cualquier orden nos pesan más que las ganancias: lo malo, lo traumático, suele imponerse a pesar nuestro.Supongamos que tenemos treinta años de vida, que de esos treinta años pasamos diez de felicidad, diez de aburrimiento y diez de sufrimiento Lo más probable es que los diez años de sufrimiento sean dolorosos en el recuerdo, los diez de felicidad también –porque se rememoran con una cuota de nostalgia– y que los diez de aburrimiento sean para el olvido. Como verán, haciendo una cuenta sencilla podemos verificar que las emociones negativas tienen un peso específico mayor que las positivas, los caminos de la memoria son complejos y misteriosos.¿Cuál es la solución, entonces, para que el paso del tiempo no nos juegue en contra cada vez que lo registramos?Se me ocurre que vivir el presente con intensidad sea tal vez una buena primera medida. Y otro paliativo para la nostalgia podría ser tomar la vida con un poco más de humildad: la premisa de que uno se las sabe todas es falsa y arrogante, la sensación de que cada vez menos cosas pueden sorprendernos sólo limita nuestras posibilidades de disfrute.Nadie dice que sea fácil, pero recuperar la inocencia en la adultez es un ejercicio cotidiano que vale la pena. Ya lo dijo Picasso: “Me llevó cuatro años pintar como Rafael, pero toda una vida pintar como un niño”. Ni a Palos, dejemos de intentarlo.


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