
Un viaje en taxi, para bien o para mal, puede cambiarte el día. Todo depende de las opiniones políticas del chofer y de la historia personal que tenga para contar. Cuando de política se trata, mi día suele estar arruinado. Pero a veces las historias que escucho compensan la amargura de escuchar frases sobre la administración de la cosa pública que me ponen la piel de gallina. Esta semana me la pasé recordando a Adalberto, un taxista que mientras me llevaba a casa no se privó de contarme su particular manera de transitar por este mundo. A los 60 años, Tito (me pidió que lo llame por su apodo) se había mudado solo por primera vez desde que nació. Hasta hace meses vivía con su madre “que nunca dejó de esperarme con un plato diferente de comida cada noche y una camisa planchada”. No es que Tito no haya tenido novias, de hecho tuvo dos mujeres importantes. A la primera la dejó porque era “mirona” y a él le molestaba profundamente que su mujer posara la vista sobre otros caballeros “siendo que yo no le hacía faltar nada”. A la segunda la dejó porque “fumaba como una chimenea”, pero sobre todo porque durante una pelea le cerró con demasiada virulencia la puerta de una cupé chevy que él adoraba y parece que le tuvo que cambiar un vidrio. “Se metió —recordó Tito con un dolor que aún hoy no lo abandona— con lo que yo más quería en el mundo.” A partir de ese incidente no quiso saber más nada con las mujeres. Dice que ya las conoce y ha tenido suficiente. Que, después de todo, ellas se lo perdieron. Porque jura que en su época de sodero no sólo “tenía una facha impresionante”, sino que como trabajaba de sol a sol sus mujeres eran tratadas como reinas porque plata no le faltaba. Y que como su pasión es el trabajo (y también su terapia, ya que nunca necesitó analista porque todo lo conversa con sus pasajeros) no le hace falta para nada la compañía femenina. Dice Tito que ahora le encontró el gustito a vivir solo. Que sí extraña las camisas planchadas, pero que encontró un lavadero donde “una chinita que está enamorada de mí me hace precio por la ropa que plancha y siempre me agarra la mano. Quiere ponerse de novia, pero yo estoy bien así”, insiste. Lo que lo tiene a mal traer a Tito es la falta de comida casera. Aunque encontró un bolichito en el que dos veces por día le dan de comer bien y barato, dice que extraña las delicias caseras de su santa madre.Pero ni siquiera eso lo lleva a repensar su soltería: “para qué quiero una mujer si ahora ni siquiera saben cocinar”, dijo antes de cobrarme y desearme una buena vida.


No hay comentarios:
Publicar un comentario