Inmerso en el silencio del huevo, sin idea de sucesión, se halla el ser germinal. Oculto y confiado respira lenta y serenamente en unión con la fuente primera.
Se abre el huevo y sale una larva que sin demora se lanza a la aventura de conocer. No cree que haya vivido antes de otra manera. Empieza a reptar y cree que es la única manera posible de moverse en el espacio. Por ahora crece, se alimenta, retoza y llega a ser oruga.
Sobre la rama de un antiguo árbol la oruga se detiene. Se encierra en un capullo y desaparece para el mundo.
Un nuevo sueño comienza, es el descanso y la pausa antes de un nuevo cambio.
La crisálida va haciendo su aparición. Con el retorno de la primavera, el calor y el agradable verdor golpea en la puerta de capullo. Desde adentro emerge una nueva criatura. Se abre el nido de la quietud y se ve una nueva especie colgando de una rama en el antiguo árbol. Se pone en contacto con el aire y, lentamente la brisa y el sol la entibian y disuelven su barniz gélido, abandonando su estado vitreo e inmovil para que nazca el imago y estire sus alas.
Ahora su cuerpo es suave y fino, y puede volar con las alas entre flores y valles. Se ha convertido en mariposa y puede experimentar otro estado en el camino de las estaciones.


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