martes, 27 de julio de 2010

Sobre la amistad -otra vez-

La amistad es una relación de hermandad elegida, no impuesta por lazos consanguíneos, en la que se desactivan los deseos edípicos y fraternos puestos en movimiento por la aspiración fálica de alcanzar a ser el heredero único y el preferido hijo de un padre-madre-Dios. En la amistad se establecen relaciones de objeto exogámicas –aunque con facilidad pueden infiltrarse en ella las conflictivas narcisistas y parentales–. En la amistad, los lazos consanguíneos son reemplazados por lazos sublimatorios.
Es en la amistad donde se desactivan, en gran medida, las relaciones de poder, que impiden su surgimiento y su preservación. Pregunta Nietzsche: “¿Eres un esclavo? Entonces no puedes ser amigo; ¿Eres un tirano? Entonces no puedes tener amigos”. Simone Weil señaló que “cuando alguien desea subordinar a un ser humano o subordinarse a él, no hay traza de amistad”.
Freud señala la contribución de la fuente erótica en distintos vínculos entre los que incluye a la amistad: “Tras alcanzar la elección de objeto heterosexual, las aspiraciones homosexuales no son, como se podría pensar, canceladas ni puestas en suspenso, sino meramente esforzadas a apartarse de la meta sexual y conducidas a nuevas aplicaciones. Se conjugan entonces con sectores de las pulsiones yoicas para constituir con ellas, como componentes apuntalados, las pulsiones sociales, y gestan así la contribución del erotismo a la amistad, la camaradería, el sentido comunitario y el amor universal por la humanidad. En los vínculos sociales normales entre los seres humanos difícilmente se colegirá la verdadera magnitud de estas contribuciones de fuente erótica con inhibición de la meta sexual”.
La amistad y el amor han sido considerados como pasiones complementarias o, más a menudo, como opuestas. Octavio Paz sostiene que “la elección y la exclusividad son condiciones que la amistad comparte con el amor. En cambio, podemos estar enamorados de una persona que no nos ame, pero la amistad sin reciprocidad es imposible”.
Para los antiguos la amistad era superior al amor. Según Aristóteles, la amistad es “una virtud o va acompañada de virtud; además es la cosa más necesaria de la vida”. Plutarco, Cicerón y otros lo siguieron en su elogio de la amistad. Aristóteles dice que hay tres clases de amistad: por interés o utilidad, por placer y por virtud. Esta es la “amistad perfecta, la de los hombres de bien y semejantes en virtud, porque éstos se desean igualmente el bien”. Los dos primeros tipos de amistad son accidentales y están destinados a durar poco; el tercero es perdurable y es uno de los bienes más altos a que puede aspirar el hombre.
Para el poeta Hugo Mujica, la amistad representa una de las formas del amor, la forma que toma la intimidad cuando incluye la distancia. La equipara a un nudo desatado y a un pacto de gratuidad que implica un dejarse elegir, una entrega, pero “sin hacerme suyo”; incluye a los otros pero sin fusión, ni física ni espacial.
Escribe Mujica: “La palabra amigo nace de una raíz griega de la que derivan también amor y amigable. No sorprende: la amistad, lo sentimos, es una de las formas del amor, la forma que toma cuando la intimidad incluye la distancia. De esa misma raíz también sale ama, en el sentido de madre, de mamá. Tampoco esto debiera sorprender si pensamos que la amistad, como todo amor, tiene la capacidad de fecundar: engendra singularidad. Es más, podríamos decir que la amistad es precisamente el don de la singularidad: alguien me elige, me sustrae del tumulto de otras relaciones humanas, me hace únicamente, sin hacerme ‘suyo’. En este sentido, la amistad es como un nudo desatado, un pacto de gratuidad, es un acontecimiento no sólo del amor sino también de la libertad, pero la libertad comprometida en la historia del otro, del otro amigo: del singular”.
Continúa Mujica: “Este ‘sin hacerme suyo’ diferencia la amistad del amor de pareja, incluye a los otros pero sin fusión ni física ni espacial. La amistad es, constitutivamente, desinterés: no saca ni guarda nada de esa relación, salvo, claro, la gratificación afectiva: el sentimiento y el crecimiento de comprometerse en lo humano por lo humano. Deliberadamente hablé de ser elegido, no de elegir. La amistad pertenece a la lógica del don: no es un acto de mi voluntad; no decido ser amigo de tal o cual, acontece. Se da, se me da. Después puedo buscar razones, explicar, pero sobre algo ya acontecido, ya sentido; el origen de la amistad, como de toda forma de amor, se impone o, al menos, se propone a mi respuesta, a mi sensibilidad. Por esto la amistad también es un dejarse elegir. Una disponibilidad: la de darme, entregarme, arriesgarme a una relación. Abrirme y dejar entrar. Como don, la amistad es una gracia: la gracia de poder ser gracia para otros, dar amistad a quien me busca como amigo. Llegar a ser más que yo”.

lunes, 26 de julio de 2010

Amistad


En una escena memo­rable de Perdidos en Tokio, Murray le revela a la jovencísima e impactante Scarlett Johansson que la gente no suele contar la verdad completa acerca del hecho de tener hijos. "Nadie -reflexiona Bill—te dice que el día en el que nace tu primer hijo tu vida cambia para siempre". Y esos cambios no son sólo positivos, el combo viene surtido, como casi todo en esta vida. Por algún ex­traño motivo, de la parte mala o sacrificial del asunto nadie habla. Vende más la ver­sión edulcorada.
Con el día del amigo pasa algo pareci­do: uno homenajea a sus amigos y festeja la existencia de la amistad como relación social que mejora el espíritu, lo cual es cier­to, pero incompleto. Para los que tenemos amigos también debería haber una suerte de autocelebración: un "me felicito por te­ner amigos que me quieren y me extrañan, porque algo bueno habré hecho".Porque para tener un amigo hay que llenar muchos casilleros: haberle caído lo suficientemente bien a alguien como para que haya aceptado entablar con nosotros una relación duradera, que en el transcur­so de esa relación hayamos estado atentos a las necesidades del otro y presentes en los momentos importantes de su vida (egoístas patológicos, abstenerse), que no hayamos sentido envidia (o no se haya notado) por sus logros, que nos hayamos jugado con el consejo oportuno en el momento exacto y una cantidad innumerable de etcéteras.
La amistad es un vínculo complejo: re­quiere tiempo, cuidado, respeto y compro­miso. También es importante aceptar que nadie es perfecto y renunciar a la pretensión de cambiar al otro en los aspectos que consideramos erróneos. Como me dijo una vez una conocida, "yo a mis amigos también los quiero por sus miserias, no a pesar de ellas".
A veces me pregunto por la antigüedad como variable positiva a tener en cuenta en la amistad. Seguramente es muy destacable sostener durante décadas un vínculo, pero yo hice grandes amigas después de los 25 años y no pienso cerrar la fábrica. Es un mito que en la adultez ya no se puedan establecer lazos profundos de esa índole, todo es una cuestión de actitud. Dedico entonces este humilde texto a mis amigas y amigos actuales y a los que la vida me pueda regalar en los próximos años. Hasta el millón no paro, no quisiera sentirme menos que Roberto Carlos.

viernes, 23 de julio de 2010

Malentendido


Siempre pensé e imaginé que a los veintipico, el amor, la complicidad, las miradas y la comunicación serían tan cotidianos en mi vida como el mate, el trabajo, la música o un buen libro.

En el derrotero de derrotas nos encontramos sentados mesa de por medio, sin intenciones de ponernos a prueba. Nos encontramos una vez por semana con algunas variaciones de horarios, intercambiando intereses, deseos, sueños y frustaciones. Con una propuesta inicial, un desarrollo prometedor y un desenlace incierto. Y luego de algunas interferencias creí que nos habíamos sabido encontrar.


Y sucedió una noche. Casi la menos pensada, justo en el momento en que algo bueno podía comenzar. Un malentendido.


Él supuso que aclarando lo claro se evitaría lo inevitable. Como si el derrotero de derrotas estuviera escrito en su destino. Ella creyó que el quería andar solo por la vida y sin abrazos.
Entonces así, malentendidos, se dijeron las cosas más convenientes y quedaron entre líneas, vinos y sin acciones todas las sensaciones y dudas fantaseadas. Como si el presente que habían imaginado nunca pudiera convertirse en un futuro posible, les ganó el miedo, la ansiedad y la bronca.


En distante coincidencia los encontró el comienzo del invierno. Sútil paradoja. Los dos igual, y por separado. Pensando cada uno en el otro, en cuánto se gustaban y en esa historia posible que aun ninguno de los dos se decidia a escribir. O a vivir.

Jugarse


Las dudas solo invaden los momentos de somnolencia abstracta en que los debates internos pueden llegar a arremeter contra una estabilidad de la que alardeaba. Seguridad emocional que al no comprometerse es imposible arriesgar.
Dos ciegos pueden caminar en círculos de oscuridad permanente, sufriendo y blasfemeando, buscando culpables inexistentes pero desencontrándose. Sin darse cuenta que la palabra es el remedio para todos los males. Hay tantas banalidades que cobrarían importancia si se pusieran en el centro de la escena. ¿Quién puede subestimar la manzana de Yoko Ono o el bidet de Warhol? ¿ O dudar del talento de un dibujo de Picasso solo por su simplicidad? Llegan momentos en que el minimalismo debería hacerse eco del corazón. Quizás si Borges no hubiera aplicado su mente a las simétricas porfias del arte que entreteje naderías hubiera sido feliz. Desacralizar y dejar fluir libremente las palabras que brotan de tu alma, en vez de usar tanto cerebro. ¿Será esa la receta mágica que todos necesitamos aprender?

martes, 20 de julio de 2010

Lección de Italo Calvino

"En el momento en que el reino de lo humano me parece condenado a la pesadez, pienso que debería volar como Perseo a otro espacio. No hablo de fugas al sueño o a lo irracional. Quiero decir que he de cambiar mi enfoque, he de mirar el mundo con otra óptica, otra lógica, otros métodos de conocimiento y de verificación. Las imágenes de levedad que busco no deben dejarse disolver como sueños por la realidad del presente y el futuro ...”

lunes, 19 de julio de 2010

Una toma de conciencia



Lo principal está ya hecho. Tengo algunas evidencias de las que no puedo apartarme. Lo que sé, lo que es seguro, lo que no puedo negar, lo que puedo rechazar, eso es lo que cuenta. Puedo negar todo de esta parte de mi mismo que vive de nostalgia incierta, salvo ese deseo de unidad, esa apetencia de solución, esa exigencia de claridad y cohesión. Puedo refutar todo en este mundo que me rodea, me hiere o me transporta, salvo ese caos, ese azar rey y esa divina equivalencia que nace de mi anarquía. No sé si este mundo tiene un sentido que lo supera, pero sé que no conozco ese sentido y que por el momento me es imposible de conocerlo. Lo que toco, lo que me resiste, eso es lo que comprendo. Y sé también que no puedo conciliar estas dos certidumbres: mi apetencia de absoluto y de unidad y la irreductibilidad de este mundo a un principio racional y razonable. ¿Qué otra verdad puedo reconocer sin mentir, sin hacer que intervenga una esperanza que no tengo y que no significa nada dentro de los límites de mi condición? Si yo fuese un árbol entre los árboles, un gato entre los animales, esta vida tendría un sentido más claro, más bien este problema no lo tendría. En este momento lo absurdo, a la vez tan evidente y tan difícil de conquistar, entra en mi vida y encuentra su lugar. Todos los problemas recuperan su filo. La evidencia abstracta se retira ante el lirismo de las formas y los colores. Los conflictos espirituales se encarnan y vuelven a encontrar el refugio miserable y magnífico del corazón. Ninguno está resuelto, pero todos se han transfigurado. Habrá que hacer un último esfuerzo y sacar todas las consecuencias. El cuerpo, la ternura, la creación, la acción, la nobleza humana, volverán entonces a ocupar su lugar en este mundo insensato.

martes, 13 de julio de 2010

Finales y principios

El antónimo de una palabra es otra palabra que expresa lo contrario, aunque la mayoría de las veces esconden una trampa, palabras que se muerden la cola y que quieren decir todo lo contrario y al mismo tiempo casi lo mismo. Empezar y terminar son como dos palabras con los
pies apoyados en la misma baldosa. Para que algo termine tiene que haber empezado y siempre que termina una cosa empieza otra y así sucesivamente hasta que te morís. La vida es así, todos lo sabemos, pero cuando algo termina siempre pasa lo mismo, el aliento amargo de la muerte empaña la vista y nunca se ve nada de lo que viene. El cansancio—compañero inevitable de los finales— no ayuda, y los finales terminan —en este caso literalmente— impregnados de todo eso que los hace tan poco disfrutables, aun los mas esperados. Empezar, en cambio, irradia algo que te hace sentir viva. Empezar es nuevo, esta flamante. Cuantas veces escuchamos decir que la vida se divide en ciclos de siete años, o de doce, o en décadas... y es cierto. Conforme vas creciendo te das cuenta de que todo lo que empezó termino y que las etapas fueron sucediéndose casi solas, marcadas por comienzos y finales bastante reconocibles, sobre todo a la distancia y con un poquito de perspectiva, que es cuando todo se ve mas claro. La vida esta llena de vidas una adentro de la otra. Una mismo es varias y lo demás también cambia, todo se mueve—aunque algunas cosas duran mucho más de lo que tienen que durar y otras no acaban nunca— y la posibilidad de barajar y dar de nuevo existe siempre. No hay nada más estimulante que empezar algo, es como enamorarse. Y tampoco hay nada mejor que acabar, qué duda cabe.

ICC

La verdad, bien no venía. Tampoco mal. Ahí. Entonces, ella lo esperó con la comida lista. Él llegó tarde. O llegó tarde o empezó a comer y tardó más de cinco minutos en decirle que la salsa estaba riquísima. Algo así pasó. Ella, para variar, empezó despacito pero tardó segundos en subir el tono y la velocidad. Desconsiderado, esto no va más, quién te crees que sos, que ya no me amás más. Él, todavía masticando, recibía las palabras que ella pronunciaba como golpes pero nada. Parecía harto. Pero harto sin derechos. Y ella tenía bastante razón. Cincuenta cincuenta. Él, como siempre, apoyó con calma la servilleta sobre la mesa y se fue. La dejó hablando sola. Ella siguió hablando aunque sabía que hablaba sola. Él caminó unas cuantas cuadras, cruzaba cada tanto esquivando el sol de este verano interminable. Sacó su celular y le mandó un mensajito. Estaba un poco nervioso porque en la caminata se imaginó perdiéndola y no. No. Escribió “Te sigo sufriendo, sucia”. Ojo con el texto predictivo de los mensajes de texto. Porque él quería decirle casi su antónimo, “Te sigo queriendo, rubia”.

Predicciones

Salir un sábado a la noche y pasarla bien, sentirse la reina del mundo. Fiesta en terraza, en el aire los perfumes de moda de las chicas de moda. Botellitas de cervezas en la mano, David Bowie a todo volumen, en algunas caras estrellitas de purpurina.
Cómoda con el strapless más sexy que pudiste elegir para de pronto alejarte del grupo y sentarte en un lugar estratégico: que el desconocido se acerque.
Presentaciones y risas entre daiquiris de durazno. Momentánea conexión previa a la conquista, desde luego a su cargo: mantengo mi posición de lady.
Al fin volver a casa, borracha y acompañada, para dormir con la dulce extrañeza de rozar la felicidad.
Despertar el domingo al mediodía y que el sol te moleste los ojos. En el espejo del baño, un rostro desconocido: una noche de alcohol y mal sexo puede sacarte cinco años de vida. Buscar al idiota que ahora duerme en mi cama y que nunca entenderá porque pienso las cosas que pienso. ¿Habrá sufrido alguna vez? Ayer tan cerca y ahora tan lejos. Su boca abierta, un círculo de saliva en la almohada. Volver a acostarme para soportar el dolor de cabeza y pedir que Dios me deje volver a dormir. Dormir.
Dormir es la clave para no pensar. Pero entonces el miedo a quedarme sola, los silencios de mi papá, la crudeza con que ciertas personas te miran a los ojos, llantos contenidos, la indiferente vida de mi gato, recuerdos de mi infancia, escenas de la película que vi hace dos días cicatrizan en mi piel. Y tu mano en mi mano, y el sonido de tu voz.
Hola.
Cierro los ojos, simulo dormir. Tocas mi pelo y giras para volver a darme la espalda. Voy a escribir sobre vos. De chica todos me preguntaban qué iba a ser de grande: ¿Por qué nunca dije escritora? Ser Jo o Pizarnik, trascender las fronteras, que todos me quieran al menos después de muerta. Que otros ojos lloren mi drama, que aplaudan mi valentía, que sientan como propio mi dolor. Mismas dosis de vanidad y sufrimiento pero a quien le importa una vida más.
A quien le importa. En tu espalda, tatuadas dos letras chinas ¿sos snob? Cuando seas viejo y tengas una familia y hayas disfrutado de una vida plena ¿inventarás para tus hijos y tus nietos una historia maravillosa sobre esta inscripción en tu cuerpo?
Imagino tardes de sol y tu alegría en el mar. Puedo ver tus libros, tus discos, tu casa, tu forma de hacer el amor cuando no tomaste. Tardes de invierno en la cama y largas conversaciones sobre temas que me encantan.
Acercarme a su cuerpo. Acariciarle la nuca.
¿Qué pensarás ahora?