
En una escena memorable de Perdidos en Tokio, Murray le revela a la jovencísima e impactante Scarlett Johansson que la gente no suele contar la verdad completa acerca del hecho de tener hijos. "Nadie -reflexiona Bill—te dice que el día en el que nace tu primer hijo tu vida cambia para siempre". Y esos cambios no son sólo positivos, el combo viene surtido, como casi todo en esta vida. Por algún extraño motivo, de la parte mala o sacrificial del asunto nadie habla. Vende más la versión edulcorada.
Con el día del amigo pasa algo parecido: uno homenajea a sus amigos y festeja la existencia de la amistad como relación social que mejora el espíritu, lo cual es cierto, pero incompleto. Para los que tenemos amigos también debería haber una suerte de autocelebración: un "me felicito por tener amigos que me quieren y me extrañan, porque algo bueno habré hecho".Porque para tener un amigo hay que llenar muchos casilleros: haberle caído lo suficientemente bien a alguien como para que haya aceptado entablar con nosotros una relación duradera, que en el transcurso de esa relación hayamos estado atentos a las necesidades del otro y presentes en los momentos importantes de su vida (egoístas patológicos, abstenerse), que no hayamos sentido envidia (o no se haya notado) por sus logros, que nos hayamos jugado con el consejo oportuno en el momento exacto y una cantidad innumerable de etcéteras.
La amistad es un vínculo complejo: requiere tiempo, cuidado, respeto y compromiso. También es importante aceptar que nadie es perfecto y renunciar a la pretensión de cambiar al otro en los aspectos que consideramos erróneos. Como me dijo una vez una conocida, "yo a mis amigos también los quiero por sus miserias, no a pesar de ellas".
A veces me pregunto por la antigüedad como variable positiva a tener en cuenta en la amistad. Seguramente es muy destacable sostener durante décadas un vínculo, pero yo hice grandes amigas después de los 25 años y no pienso cerrar la fábrica. Es un mito que en la adultez ya no se puedan establecer lazos profundos de esa índole, todo es una cuestión de actitud. Dedico entonces este humilde texto a mis amigas y amigos actuales y a los que la vida me pueda regalar en los próximos años. Hasta el millón no paro, no quisiera sentirme menos que Roberto Carlos.
Con el día del amigo pasa algo parecido: uno homenajea a sus amigos y festeja la existencia de la amistad como relación social que mejora el espíritu, lo cual es cierto, pero incompleto. Para los que tenemos amigos también debería haber una suerte de autocelebración: un "me felicito por tener amigos que me quieren y me extrañan, porque algo bueno habré hecho".Porque para tener un amigo hay que llenar muchos casilleros: haberle caído lo suficientemente bien a alguien como para que haya aceptado entablar con nosotros una relación duradera, que en el transcurso de esa relación hayamos estado atentos a las necesidades del otro y presentes en los momentos importantes de su vida (egoístas patológicos, abstenerse), que no hayamos sentido envidia (o no se haya notado) por sus logros, que nos hayamos jugado con el consejo oportuno en el momento exacto y una cantidad innumerable de etcéteras.
La amistad es un vínculo complejo: requiere tiempo, cuidado, respeto y compromiso. También es importante aceptar que nadie es perfecto y renunciar a la pretensión de cambiar al otro en los aspectos que consideramos erróneos. Como me dijo una vez una conocida, "yo a mis amigos también los quiero por sus miserias, no a pesar de ellas".
A veces me pregunto por la antigüedad como variable positiva a tener en cuenta en la amistad. Seguramente es muy destacable sostener durante décadas un vínculo, pero yo hice grandes amigas después de los 25 años y no pienso cerrar la fábrica. Es un mito que en la adultez ya no se puedan establecer lazos profundos de esa índole, todo es una cuestión de actitud. Dedico entonces este humilde texto a mis amigas y amigos actuales y a los que la vida me pueda regalar en los próximos años. Hasta el millón no paro, no quisiera sentirme menos que Roberto Carlos.


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