El antónimo de una palabra es otra palabra que expresa lo contrario, aunque la mayoría de las veces esconden una trampa, palabras que se muerden la cola y que quieren decir todo lo contrario y al mismo tiempo casi lo mismo. Empezar y terminar son como dos palabras con
los
los pies apoyados en la misma baldosa. Para que algo termine tiene que haber empezado y siempre que termina una cosa empieza otra y así sucesivamente hasta que te morís. La vida es así, todos lo sabemos, pero cuando algo termina siempre pasa lo mismo, el aliento amargo de la muerte empaña la vista y nunca se ve nada de lo que viene. El cansancio—compañero inevitable de los finales— no ayuda, y los finales terminan —en este caso literalmente— impregnados de todo eso que los hace tan poco disfrutables, aun los mas esperados. Empezar, en cambio, irradia algo que te hace sentir viva. Empezar es nuevo, esta flamante. Cuantas veces escuchamos decir que la vida se divide en ciclos de siete años, o de doce, o en décadas... y es cierto. Conforme vas creciendo te das cuenta de que todo lo que empezó termino y que las etapas fueron sucediéndose casi solas, marcadas por comienzos y finales bastante reconocibles, sobre todo a la distancia y con un poquito de perspectiva, que es cuando todo se ve mas claro. La vida esta llena de vidas una adentro de la otra. Una mismo es varias y lo demás también cambia, todo se mueve—aunque algunas cosas duran mucho más de lo que tienen que durar y otras no acaban nunca— y la posibilidad de barajar y dar de nuevo existe siempre. No hay nada más estimulante que empezar algo, es como enamorarse. Y tampoco hay nada mejor que acabar, qué duda cabe.


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