martes, 13 de julio de 2010
ICC
La verdad, bien no venía. Tampoco mal. Ahí. Entonces, ella lo esperó con la comida lista. Él llegó tarde. O llegó tarde o empezó a comer y tardó más de cinco minutos en decirle que la salsa estaba riquísima. Algo así pasó. Ella, para variar, empezó despacito pero tardó segundos en subir el tono y la velocidad. Desconsiderado, esto no va más, quién te crees que sos, que ya no me amás más. Él, todavía masticando, recibía las palabras que ella pronunciaba como golpes pero nada. Parecía harto. Pero harto sin derechos. Y ella tenía bastante razón. Cincuenta cincuenta. Él, como siempre, apoyó con calma la servilleta sobre la mesa y se fue. La dejó hablando sola. Ella siguió hablando aunque sabía que hablaba sola. Él caminó unas cuantas cuadras, cruzaba cada tanto esquivando el sol de este verano interminable. Sacó su celular y le mandó un mensajito. Estaba un poco nervioso porque en la caminata se imaginó perdiéndola y no. No. Escribió “Te sigo sufriendo, sucia”. Ojo con el texto predictivo de los mensajes de texto. Porque él quería decirle casi su antónimo, “Te sigo queriendo, rubia”.
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