
Siempre pensé e imaginé que a los veintipico, el amor, la complicidad, las miradas y la comunicación serían tan cotidianos en mi vida como el mate, el trabajo, la música o un buen libro.
En el derrotero de derrotas nos encontramos sentados mesa de por medio, sin intenciones de ponernos a prueba. Nos encontramos una vez por semana con algunas variaciones de horarios, intercambiando intereses, deseos, sueños y frustaciones. Con una propuesta inicial, un desarrollo prometedor y un desenlace incierto. Y luego de algunas interferencias creí que nos habíamos sabido encontrar.
Y sucedió una noche. Casi la menos pensada, justo en el momento en que algo bueno podía comenzar. Un malentendido.
Él supuso que aclarando lo claro se evitaría lo inevitable. Como si el derrotero de derrotas estuviera escrito en su destino. Ella creyó que el quería andar solo por la vida y sin abrazos.
Entonces así, malentendidos, se dijeron las cosas más convenientes y quedaron entre líneas, vinos y sin acciones todas las sensaciones y dudas fantaseadas. Como si el presente que habían imaginado nunca pudiera convertirse en un futuro posible, les ganó el miedo, la ansiedad y la bronca.
En distante coincidencia los encontró el comienzo del invierno. Sútil paradoja. Los dos igual, y por separado. Pensando cada uno en el otro, en cuánto se gustaban y en esa historia posible que aun ninguno de los dos se decidia a escribir. O a vivir.


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